Autor Juan Ramon Mejía –

En los últimos años hemos sido testigos de un proceso en el que los pueblos latinoamericanos se han mostrado apáticos y desconfiados de los procesos electorales; así mismo, según estudios realizados, el 80% de los ciudadanos latinoamericanos entienden que el sistema político que impera solo defiende los intereses de los grandes grupos económicos y no los de las mayorías, o sea, los de la sociedad.

Sin dudas, muchos políticos de nuestra región se han aliado a sectores empresariales generando complicidades que solo han beneficiado a ese 5% de los más ricos que manejan el 90% de los recursos y los negocios de la economía, olvidando los intereses de las mayorías que los eligieron en procesos democráticos, a través de las urnas; esto ha venido generando una fatiga de nuestras democracias, provocando un voto de castigo, que más allá de lograr reivindicaciones sociales, lo que ha traído es la perdida de la democracia en países como Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Venezuela.

Esto así, porque en muchos casos cuando los ciudadanos deciden darle un voto de castigo a la clase política imperante, lo hacen perdiendo de vista los necesarios talentos, capacidades e ideologías políticas, eligiendo a personas que han vendido ideas populistas y que representan el resentimiento social; pero que sin dudas no tienen las capacidades ni el equipo humano capaz de hacer una buena gestión de gobierno.

A esta situación se le agregó la crisis sanitaria provocada por la pandemia del Covid-19, así como la peor crisis económica desde la Gran Depresión de 1929, la cual ha generado un significativo aumento de la pobreza global, un aumento del desempleo, una crisis de educación que ha afectado a 1,600 millones de estudiantes y no menos importante resulta el aumento de la deuda pública que trae por consecuencia la necesidad de una Corrección

Fiscal que permita el desenvolvimiento económico de los gobiernos y, todo esto se convierte en un caldo de cultivo para el desarrollo de estallidos sociales que también atentan contra el sistema democrático.

Incluso, desde antes de esta crisis, la fatiga de la democracia se viene reflejando en el malestar de las sociedades y en la crisis de las instituciones representativas, que se manifestaban con la presencia de movimientos de protesta en un clima de conflicto social, originado por patrones de desigualdad y de exclusión social, así como por la imperante corrupción. Asimismo, la crisis de la democracia representativa tiene su origen en el deterioro del papel clásico de los partidos políticos que vienen sufriendo una dramática pérdida de identidad y eran capturados por candidatos con proyectos de marcado carácter personalista.
L
a pasada semana participamos en el ̈Global Forum Latin America And Caribbean 2021 ̈ y fuimos testigos del discurso del liderazgo latinoamericano y de los expertos de los organismos multilaterales que recomiendan, promueven y enfatizan una unidad de América Latina y el Caribe, que les permita una mayor solidaridad y cooperación regional, pero que además les permita negociar juntos, como región, ante los Organismos Multilaterales y los países del G-20.

La venidera crisis provocada por los niveles de endeudamiento y el potencial impago de las deudas de varios países de la región hace indispensable un innovador Pacto Multilateral de Financiamiento para el Desarrollo de los países en vía de desarrollo o de Ingresos Medios, que han quedado excluidos de las ayudas que sí recibieron los países de Ingresos Bajos. Por lo que se requieren actores políticos que trabajen en una agenda Latinoamericana.

El autor es economista y dirigente de La Fuerza del Pueblo