Por  José Luis Taveras

-Vivimos así el absolutismo de la relatividad y la tiranía de la libertad en nombre del mercado, mano invisible que no solo impone los modelos estéticos y de consumo, sino que decide qué es arte y qué no-

La música es un aliciente penetrante del espíritu. Envuelve letras, armonía y cadencia. Expresa, evoca, convoca, intima, toca, deleita, agrada, provoca. Para Joni Mitchell es arquitectura fluida; para León Tolstoi, la taquigrafía de la emoción; para Oscar Wilde, el arte de las lágrimas y la memoria; para Jean Paul Richter, la poesía del aire; para Beethoven, la revelación más alta; para Eugène Delacroix, la voluptuosidad de la imaginación; para Giuseppe Mazzini, el eco de un mundo invisible; para Martín Lutero, un regalo de Dios; para E. T. A. Hoffmann, aquello que empieza donde se acaba el lenguaje; para Albert Einstein, la belleza interior del universo; para Víctor Hugo, lo que no se puede decir y sobre lo que es imposible estar en silencio; para Alphonse de Lamartine, la literatura del corazón; para Kahlil Gibran, el lenguaje del espíritu; para Johann Sebastian Bach, la armonía agradable de Dios; para Jack Kerouac, la única verdad; para quien escribe esto, una emanación creativa del espíritu que eleva la sensibilidad viviente a través de la belleza.

La música es arte. El arte es una visión sensible de la existencia que, a través de recursos plásticos, lingüísticos o sonoros, permite transmitir con belleza ideas, percepciones y sensaciones. El arte tiene un fin intrínsecamente estético. Es creativo, dinámico, subjetivo, universal y expresivo, pero su fin primero y último es contemplativo, no tiene un propósito utilitario. Su razón es inherentemente estética, como forma expresiva que busca y representa la belleza.

La belleza no es definible, se percibe como una fruición sensorial. Es una noción inaprensible. Sin embargo, hay condiciones que se asumen como inherentes a su naturaleza y entre estas se cuentan la armonía, el equilibrio y las proporciones.  Para Aristóteles la armonía es la propiedad esencialmente objetiva de la belleza, es decir, la debida proporción de las partes con el todo. Lo bello está en el orden, la proporción, la luminosidad y el ritmo. Lo bello atrae, conecta, impresiona. Es algo que revela un significado inmanente, deseable, grato y edificante. Las culturas, a través del tiempo, han propuesto patrones estéticos, pero solo son referenciales porque la belleza en última instancia es una comprensión subjetiva que parte de experiencias perceptuales de quien la reconoce, obvio, condicionadas por esos cánones culturales.

La música es arte; el arte es bello. En esa ecuación ¿cómo encuadrar la música urbana? Si la respuesta dependiera de mí, diría que es un ritmo básico, y punto. Para valorarla como arte y aceptar su belleza, confieso que no llegaría a un juicio concluyente; preferiría otra apelación conceptual, aunque hubiera que inventarla.

Me refiero a la noción genérica de “música urbana”, aunque por justicia debo distinguir sus variantes y lo hago de inmediato. Aludo a los subgéneros más emblemáticos como el reguetón, el dembow y el trap latino. El primero nació en Panamá y se consolidó comercial y musicalmente en Puerto Rico como una fusión de la versión en español del reggae/dancehall jamaiquino con el hiphop en español o rap. El segundo le aporta la base rítmica al reguetón-dancehall, pero con una cadencia más acelerada y melodías tan simples como fastidiosamente repetitivas; ha tenido su mayor auge en Puerto Rico y la República Dominicana. El tercero, el trap latino, mezcla el rap, el hiphop y el house con ritmos electrónicos y voces distorsionadas por el Auto-Tune. No es de origen latino. Nació en las comunidades negras de Atlanta, Estados Unidos. Su musicalidad es más lenta y suave que el reguetón y depende de efectos sonoros y melodías sintéticas. El problema de la confusión de estos ritmos es que comparten afinidad lírica y sus intérpretes se mueven indistintamente entre ellos.

No pretendo hacer una disección de cada ritmo o antologar sus principales exponentes, la radio y la televisión musical están saturadas hasta el empacho de sus propuestas. Lo que le da, sin embargo, sentido de vecindad a estos subgéneros son las letras, marcadas como transverso por una pornografía literaria que se mueve entre lo sugestivo y lo crudamente explícito. Y es ahí donde empieza a separarse el arte del placer; la belleza del deseo.

La temática tozuda del reguetón es el sexo duro, anatómico y prosaico; en el dembow, la sexualidad es promiscua, retorcida, soez y ramplona; lo genital es obseso y fetichista.  En el trap latino la temática está prohijada por el ambiente donde nació el ritmo: las calles, las drogas y la violencia urbana. De hecho, el trap deriva del nombre que en el inglés americano se le da a los lugares de tráfico de droga. En sus letras domina el macho sexual y mujeriego, la rebeldía callejera, el hedonismo de la vida fácil, la ostentación del lujo, el derroche extravagante.

Si la música urbana no es arte, entonces ¿qué es? Para mí es sólo una técnica rítmica de estimulación sensorial. No más.  Si resulta agradable a los sentidos produce placer, pero no todo lo placentero tiene que ser bello. Y para esto acudo a un ejemplo tan crudo como el tema: ¿dónde está la belleza de un vibrador? Pocas de sus usuarias lo apreciarían como una obra de arte, pero ninguna negará que el roce de sus agitaciones eléctricas con las zonas erógenas arranca placeres extáticos.

Estos ritmos son fusiones procesadas con un fin mercadológico: la erotización sensorial.  Son construcciones seudoartísticas con el propósito de vender un uso más que contemplativo: el placer lascivo. Por eso todos sus elementos forman un relato homogéneo: ritmo sensual, letras húmedas y baile coital. La danza oficial de los ritmos urbanos es “el perreo”, que simula los movimientos de los perros en el apareamiento e insinúa un juego de seducción entre los ejecutantes. Es una forma de twerking, pero caribeño. Según el Oxford English Dictionary, twerking es un término que significa bailar música de manera sexualmente provocativa, lo que incluye una postura en cuclillas y movimientos de empuje de caderas.

Muchos estiman que los ritmos urbanos tienen fecha de caducidad. Pienso que no. Mientras mantengan esa identidad torcidamente erótica habrá consumo para mucho y muchos. ¿Acaso la pornografía ha pasado de moda? La vulgaridad lírica podrá matizarse —para penetrar a mercados más recatados—, pero la multimillonaria industria que lo soporta no consentirá en mayores concesiones. El éxito del ritmo urbano hay que buscarlo en su capacidad para despertar oscuras pasiones. Y es que concebir al reguetón sin roce, alcohol, exhibición corporal, provocación o estimulación sensual es hablar de otra cosa: expresiones adultas que se expresan sin censuras responsables y, peor, disfrazadas de arte. Eso, con el debido respeto, es estafa.

No es cómodo para un padre garante tener que escuchar de un niño esta emboscada poética de La Materialista: chuléame/yo lo que quiero es que tú me chulee/yo no quiero bulto y, sin insulto, ya yo estoy mojada/dame con gusto como sangrijuela (sic)/chúpame toa/sácame la leche y tómatela con cocoa/sácame la leche/sácame la leche/sácame la leche y toma. Si eso es arte, me confieso perdido. Y antes de que una avalancha de prejuicios me condenen al linchamiento, aclaro que mi valoración no está influida por atavismos morales; me quedo en lo artístico, en la aventura jurásica de descubrir belleza en lo sicalíptico. Pero, silencio, porque para una sociedad liberal, arte es todo lo que eyacule la libertad individual; belleza es apenas una de las tantas elecciones que supone su ejercicio. Vivimos así el absolutismo de la relatividad y la tiranía de la libertad en nombre del mercado, mano invisible que no solo impone los modelos estéticos y de consumo, sino que decide qué es arte y qué no.